A sus 72 años, Antonia Cobano Espinar es el vivo reflejo de cómo la Fundación Prodean transforma la invisibilidad en pertenencia. Tras décadas residiendo en el barrio de Los Pajaritos su vida transcurría dentro de los muros de su hogar. «Yo no salía nunca a ninguna parte… soy un poquito tristona», confiesa al recordar una etapa de aislamiento en la que el miedo al entorno y la falta de motivación la mantenían alejada de la vida social. Sin embargo, un encuentro fortuito y la recomendación de su hija la empujaron a cruzar el umbral del centro: «Me dijeron: ‘Apúntate’. Y yo digo: ‘Un día de estos voy’. Dice: ‘No, un día de estos no, ahora'».

Desde su llegada, el Centro Social se ha convertido en su ventana al mundo y en un espacio de estimulación intelectual. Participante activa en los talleres de alfabetización, memoria y lectura literaria, Antonia ha redescubierto su pasión por las historias y las letras, una vocación que nació en su infancia pero que la vida le obligó a postergar. «Leemos historias bonitas, que a mí me encantan», explica con una sonrisa que contrasta con la «tristeza» del pasado. Este cambio ha sido tan profundo que su propia familia se asombra de su nueva faceta social: «Mi hija dice: ‘Antes salíamos y no saludabas a nadie. Ahora salimos y, ay, hola, hola’. Yo antes no conocía a nadie y ahora sí».

Para Antonia, el alma del proyecto reside en la conexión intergeneracional con los voluntarios, a quienes observa con una mezcla de gratitud y asombro. En un barrio complejo donde el miedo solía ser la norma, el centro ofrece un oasis de seguridad y afecto. «Los admiro por el trabajo que hacen, porque ellos tienen su vida y buscan un huequito para dedicárnoslo a nosotras», reflexiona con humildad. Su testimonio no solo valida la necesidad de estos espacios de convivencia, sino que demuestra que, gracias a la labor de la Fundación, personas que se sentían en la «recta final» hoy caminan por las calles de su barrio con la cabeza alta, sintiéndose, por fin, integradas y valoradas.